Inspiración

Sincerate con vos mismo y responde bien.

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Ahí estás, de nuevo, preocupándote y arrepintiéndote por aquello que pasó o que hiciste. El discurso es siempre el mismo, tedioso y repetitivo, culpabilizándote por los errores que cometiste o las decisiones que no tomaste.

Las imágenes te vienen constantemente, las palabras que dijiste son el eco que no te abandonan, tus sentimientos, una prisión limitante… y mientras, los minutos pasan sin darte cuenta, sin apreciarlos…

“Quizás, si le hubiera dicho lo que sentía, no nos hubiéramos distanciado”, “Si hubiera elegido la otra opción, no estaría así en estos momentos”, “Debería haber hecho aquel curso en su momento, ahora no lo tengo y es un requisito imprescindible para optar a lo que quiero”, “¿Por qué nunca le dije que me molestaba cuando no me preguntaba qué tal estaba?”…

Las lamentaciones e interrogantes pueden volverse como una espiral infinita, que sabes cuándo empieza, pero es imposible averiguar cuándo acaba, pues no tiene fin… Puedes latigarte tanto como quieras, destruirte poco a poco si es lo que pretendes, aunque creo que tu fuero interno no es realmente lo que te demanda.

Detenete y pensá ¿Para qué lo estás haciendo?, ¿hacia dónde te llevan tus lamentos y ese ruido mental que te habla?; y lee bien, ¿para qué?, no ¿por qué? Si te sinceras con vos mismo y respondes a esta pregunta, podés descubrir mucho más de lo que imaginas. Podés hallar tu necesidad escondida.

Cada hecho, cada pensamiento y cada sentimiento experimentado, han tenido una serie de consecuencias en tu vida. Lo importante es ser consciente de que todo lo que sos hoy se encuentra afectado por lo que ocurrió o no, un día en el pasado, entonces hace que el pasado quede en el pasado, borra todo, comenzá más inteligentemente y viví la vida plena que hoy Papá Dios te ofrece.

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