Qué pasa cuando endureces el corazón

Escrito por el 9 mayo, 2018

Existe una condición del corazón tan común que, si no se examina, impide el desarrollo de nuestro carácter y esta condición es tan seria que frustrará cada intento de llevar el carácter hacia una dirección correcta. Y es lo que comúnmente llamamos cuando se refiere a ese mal como un corazón endurecido.

Quizá la mejor definición que he escuchado sobre lo que significa tener un corazón endurecido es aquella que dice que un corazón endurecido, “es cuando nos exponemos mucho tiempo a algo y la poca reacción que tenemos a la verdad”, ya que cuando estamos expuestos mucho tiempo a una verdad en particular y aun así la rechazamos y no la aplicamos estamos desarrollando activamente un corazón endurecido.

Y acá quiero que comprendas que cuando una y otra vez le decimos “NO” a Dios en un área en particular de nuestra vida, estamos desarrollando un corazón endurecido, porque cuando oímos la verdad, oímos la verdad y oímos la verdad, y la seguirnos obviando y obviando, nuestros corazones se endurecen,

Mira, es algo parecido a lo que le ocurre a tus manos cuando vos cortas el pasto o trabajas en tu jardín, o al levantador de pesas. Al principio, el rastrillo o las pesas rozan la piel, y eso duele, ya que hay sensibilidad a las consecuencias de la fricción, pero, al cabo de

un rato, la piel empieza a endurecerse y rápidamente te salen callos a tus manos. Eventualmente ya no sentís nada, porque tu piel se vuelve tan gruesa que entumece las terminaciones nerviosas y por eso ya no sentís nada. Ya no hay sensibilidad. Y esto es lo que sucede en nuestros corazones, cuando le decimos “NO” a Dios continuamente, nuestros corazones se pueden endurecer de tal forma que ya no detectamos la voz de Dios. Él todavía está hablando, pero no podemos oírlo. Él todavía está obrando, pero no estamos en una posición para responder. Hemos perdido nuestra sensibilidad espiritual.

El endurecimiento del corazón nos trae consecuencias enormes a nuestra mente y salud física, aparte de malas relaciones interpersonales.

El endurecimiento del corazón empieza cuando una persona se ofende o es herido, y como mecanismo de defensa cierra su corazón para no sentir más dolor. Cuando la ofensa es acariciada, el corazón crece en amargura. Si la persona continúa endureciendo su corazón, la rebelión, el resentimiento y la independencia se arraigan en él. Cada vez el ser humano se endurece más, se ahonda más en el abismo, si el endurecimiento del corazón persiste puede llevarlo aún al suicidio. Por eso más arriba te decía que el endurecimiento del corazón es como una práctica o como un levantador de pesas que desarrolla y fortalece su físico por ejercicio vigoroso y regular, así mismo el ser interior lo fortalecemos en recordar y repetir las ofensas en nuestra mente y así generar una callosidad que nos hace impenetrables a Dios, a su palabra y a las personas que nos rodean. La mayoría de los problemas mentales y emocionales pueden rastrearse hasta llegar al momento en que la persona que endureció el corazón fue lastimada.

El endurecimiento del corazón es una elección que las personas hacen, prefiriendo sentirse heridas y ofendidas en vez de perdonar a aquellos que los lastimaron, este estado produce un falso alivio pues en el fondo del corazón hay venganza y deseo de pagar por el daño hecho.

El corazón endurecido hace a las personas frías e indiferentes, incapaces de perdonar, tercas, rebeldes, desafiantes y lo peor del caso es que se aparta a los seres queridos dejándolos de lado. Un corazón endurecido nunca atrae la bendición de Dios, sino lo opuesto. Cuando nosotros nos endurecemos en contra de alguien o de alguna circunstancia, nos estamos endureciendo en contra de Dios, quien ha sido el que ha permitido que la situación llegue a nuestra vida. Un corazón endurecido le dice en efecto a Dios: “Aléjate de mí, prefiero alimentar y sentir satisfacción en el fango de mis malos sentimientos, pues tengo el derecho de estar ofendido”

Por ello aquel que tiene el corazón endurecido se dice con frecuencia para describir a personas que poseen poca o ninguna sensibilidad en los asuntos de Dios y el permanecer en esta condición nos imposibilita ser tratados por El y, además, no favorece la intimidad en nuestra relación con nuestros semejantes pues produce en nosotros una disposición áspera y hostil.

La verdadera tragedia de un corazón endurecido son sus consecuencias de largo alcance, ya que cuando de forma continua sacamos a Dios de un área de nuestras vidas, eso también afecta nuestra habilidad para discernir su voz en otras áreas. Y una vez que la persona pierde su habilidad para saber conocer el llamado de Dios, se expone a cualquier situación.

Y cuando las  normas y principios de Dios entra en conflicto con nuestra personalidad, estilo de vida o circunstancias, ocurre un fenómeno interesante, pues nuestro primer instinto es manipular sus normas y principios, lo ajustamos, lo acomodamos un poquito para que encaje con nuestro estilo de vida, y listo. Y esto no es nada personal, simplemente, es la naturaleza humana. Tenemos una predisposición natural para cambiarle las reglas a Dios ya que tendemos a cambiar sus principios para que encajen con nuestra personalidad, nuestro presente estilo de vida o nuestras actuales circunstancias. Nunca he conocido a nadie que no luche con esto. En efecto las personas son expertas en este juego, lo hemos practicado durante años al escuchar la verdad y esquivar las balas.

Hemos hecho tan perfectos nuestros movimientos desde hace tanto tiempo que, de una manera subconsciente, repetimos las partes de la palabra de Dios que encajan con nuestra personalidad y posición en la vida, que cuando nos enfrentan con las verdades que entran en conflicto con nuestra versión personalizada de Dios las dejamos de lado.

Sin pensar en esto, le damos un valor a varios asuntos basándonos en cómo encajan con nuestro estilo de vida y nuestras metas. Y desde luego, sabemos lo que Dios ha dicho sobre esas “otras, cosas”, pero nos convencemos a nosotros mismos de que no son tan importantes para Dios y salimos del paso con un “quizá sea cierto, pero…”

Es muy probable que vos lo hayas experimentado y de vez en cuando escuchas una charla que te impacta el corazón y hasta te causa un poco de dolor, de inmediato empezas a buscar una forma de calmarlo y pensas: bueno, sí, es cierto, pero también tengo que luchar con otros asuntos. O tal vez pienses: Sé que esto es lo que Dios dice, pero tendré que esperar porque no estoy listo para eso. Otra posibilidad es que pienses: Mi situación es diferente. Mis circunstancias son inusuales, mi pasado me ha hecho de la forma que soy. Y durante todo ese tiempo que estuviste escuchando esa charla, queres salir corriendo, subirte a tu auto, prender la radio y escuchar futbol y olvidarte de todo lo que acabas de escuchar.

Solo quiero decirte que acá hay un problema, ya que cuando cambiamos las normas y principios de Dios, sin darnos cuenta estamos formándonos una película que no refleja con precisión lo que Dios realmente piensa. Pues en su lugar esa película exagera, distorsiona y minimiza ciertos rasgos. La mayoría somos tan buenos en esta técnica que la practicamos sin ni siquiera darnos cuenta de ello, irónicamente, mientras más lo hacemos, mejor nos sentimos con nosotros mismos.

La verdad es que en nuestra vida es como una mansión gigantesca llena de muchas habitaciones, que cuando venimos a Dios, tenemos que entregarle las llaves de la mansión para que el habite en ella. Pero lo cierto es que muchos de nosotros no le estamos dando las llaves de todas las habitaciones de nuestra vida, sino que seleccionamos en cuales Dios puede entrar y habitar, y en cuales no, endureciendo nuestro corazón de esta manera para no permitir que Dios actué como Él quiere.

Estamos en un tiempo en el que el corazón duro no es de ningún beneficio, estamos en tiempos en donde es necesario abrir nuestro corazón a Dios para que El actué en nosotros y nos guíe hacia toda verdad, ya no podemos darnos el lujo de seguir seleccionando en que cosas le permitiré a Dios en actuar en mi vida, y en qué cosas no, es hora de rendirnos a Él, pero para eso es necesario tener un corazón humilde, sensible.

Un corazón sensible es aquel que permite toda corrección, es aquel que siempre está dispuesto a que Dios actué conforme a su voluntad y no conforme a la suya, es aquel que se deleita en su Palabra y que toma para sí mismo aquellas cosas que necesita mejorar, es un corazón que reconoce su dependencia de Dios y sobre todo es un corazón que vive cada día con un solo propósito: AGRADAR A DIOS.

Amigo, amiga, es hora de entender que un corazón duro jamás será agradable a Dios, si realmente nuestro propósito en la vida es agradar a Dios debemos comenzar a entender que la voluntad de Dios es que nuestro corazón sea un corazón sensible, humilde y sobre todo un corazón dispuesto a que Dios actué como El quiere y no como yo quiero.

Pero saben que es lo bueno, que Dios tiene el gran poder para cambiar esos corazones duros que nosotros a veces tenemos. Dios tiene el poder para transformar nuestras vidas, cambiar nuestros corazones y darnos unos nuevos: suaves, sensibles a su voz, uno de carne y hueso que sienta su presencia y su espíritu en nosotros.

Deja que Dios a través de su palabra, te haga un electrocardiograma. Si tu corazón está un poco duro, deja atrás tu terquedad y deja que Dios actúe en tu vida y cambie ese corazoncito duro, por uno suavecito y que pueda escuchar la hermosa voz de Dios.

Volve al principio antes de endurecer tu corazón, ¿Recorda lo dispuesto que estabas para hacer cualquier cosa que Dios te pidiera? Había un nivel alto de confianza y certidumbre. Sentías que podías confiar en Dios, así que dabas un paso de fe y esperabas que el interviniera. Dios no ha cambiado. Todavía podes en El, todavía sabe qué es lo que a vos te conviene. Si crees que padeces de un corazón endurecido, solo hay una forma de avanzar tenes que regresar. Debes regresar al tiempo cuando tu corazón era dócil y sensible a Dios.

Pero Dios está al alcance de todos los que quieran reconocer este gran mal y entender que el perdón es una decisión entre el hombre y Dios quien nos otorgará el poder para logar vencer este gigante que se ha apoderado de tantos corazones.

Si prestamos atención a este proceso podremos resistirnos a esta reacción. La persona sabia va a combatir tenazmente este proceso, para ello debemos “derribar todo motivo y toda la soberbia que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento para que se someta a Dios”., debemos comprender que la clave de una vida de intimidad con Dios está en una voluntad completamente rendida a él. No podemos darnos el lujo de evaluar si nos gusta o no lo que él nos pide. Debemos optar por la obediencia, la cual, a su vez, producirá en nosotros corazones cada vez más blandos.


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