Hoy quiero comenzar haciéndote una pregunta: ¿Has notado cómo algunas cosas que pertenecen a lo individual se transforman en acción?

Tal vez vos hoy has hecho algún trabajo en tu computadora y has ido al lugar más cercano a fotocopiarlo y estas son algo individual que debido a tu influencia se transformo en acción.

La culpa es esta clase de cosa individual, ¿Cuántas veces hemos sido culpados, es decir impulsados por un sentido de culpa, a actuar? ¿Cuán a menudo hemos culpado a otros para que actuaran como queríamos?

Y este es el poder de la deuda que produce la culpa.

La culpa dice: “Te debo”, esa culpa es el resultado de haber hecho algo qué entendemos como equivocado, y todos los males que hemos cometido  podemos asegurarlo como que es un acto de robo, si yo te robo te debo algo, quiere decir que el mensaje del corazón  cargado de culpa es ¡Yo debo!

Y pongamos como ejemplo el hombre que se va con otra mujer y deja a su familia, sin darse cuenta en ese momento le ha robado algo a cada uno de los miembros de su familia.

A su esposa,  le ha robado su matrimonio, le ha robado su futuro, su seguridad económica y su reputación como esposa.

Y desde el punto de vista de sus hijos, este hombre le ha robado su padre, y todo lo que significa un padre para el hogar, le ha robado las navidades, las tradiciones, la seguridad emocional y económica, las cenas en familia y todo lo demás.

Ahora bien, debemos comprender que el hombre que hizo esto no piensa en termino de lo que se ha llevado, al principio  piensa en términos de lo que ha ganado. Pero la primera vez que uno de sus pequeños hijos le pregunta, porque no la quiere más a su mama, su corazón comienza a agitarse, porque ahora se siente culpable; papa debe, se ha establecido una relación de deuda a deudor y cada vez que  nosotros  le hacemos daño a alguien, creamos esa misma dinámica.

Y hasta hemos adoptado un término específico para resolver nuestra culpa, ya que decimos: “Les debo una disculpa” ¿Por qué le debemos a la gente una disculpa?

Porque nuestro corazón nos dice que hemos tomado algo,  que ahora, en cierta manera, somos deudores, por lo tanto la única manera de enderezar las cosas es pagar. Aun cuando nuestra única moneda disponible  sean las palabras: “Lo siento”, aun así estamos obligados a pagar algo.

Todos conocemos el daño que pueden ocasionar las  deudas personales, una mala decisión sigue a otra, todas motivadas por una cantidad excesiva de deuda, y esta deuda creada por la culpa es así de devastadora.

Ahora volvamos atrás y tomemos al hombre que  ha dejado a su familia y se enfrenta a una aplastante deuda con sus hijos y la mayoría de los hombres en esta situación tratan de “compensarlos”. ¿Compensarlos de qué? Compensarlos por su ausencia. Compensarlos por Io que se han llevado.

Impulsado por la relación de deuda- deudor, el papa agrava el problema al tomar una serie de decisiones impulsado por la culpa que ocasionan continuos problemas.

Y los intentos de “comprar amor” resultan en un materialismo excesivo y una visión corrupta de la autoestima en los niños, en un esfuerzo por “comprar un poco de paz”, muchos padres  dejan de establecer límites apropiados para sus hijos, lo cual  da como resultado una conducta destructiva que no sería  tolerada si la deuda no estuviera presente.

El pagaré surgió a costa de los hijos, no de la persona qué acarrea la deuda, esta forma de actuar no está reservada para los hogares quebrantados. Cuantas parejas hemos visto que persiguen  sus carreras para obtener recompensas económicas y crean  una situación de deuda en el hogar, la tolerancia y el  materialismo se convierten en la moneda para el pago de  deudas. Una vez más, son los niños los que pierden.

Pero lamentablemente los niños que se crían en esta clase de situaciones  saben que no hay manera de compensar lo que les han  quitado tratando de reemplazarlo con alguna otra cosa.

La única manera de compensar la ausencia de que su padre  no esté allí para darles el beso de las buenas noches es que  ese padre  vaya a casa y les dé el beso de las buenas noches, y desafortunadamente, esto casi nunca ocurre, debido en parte a la traidora naturaleza de las deudas.

¿No te diste cuenta que rara vez vemos a la persona que nos debe? Ya  nunca viene a visitarnos. Si deseamos verlo, tenemos que salir a buscarlo, ese es el poder de las deudas por la culpa. No buscamos oportunidades que  nos lleven a aquellos a quienes les debemos.

Cuando la gente está en deuda  a  causa de sus malas decisiones, buscan cualquier excusa para estar ausentes en vez de  enfrentar a aquellas personas a quienes les deben.

Incluso  los hombres y mujeres qué se preocupan profundamente  por los demás no pueden superar la sensación de vergüenza y endeudamiento que han aportado tus acciones. Y,  otra vez más, es la persona ofendida la que paga el precio.

Mientras que una mentalidad de deuda puede conducir a malas decisiones de relación con otros, son aquellas decisiones que no podemos tomar, porque nos pueden costar más.

Mira, Dios dice que: “los deudores son esclavos de sus  acreedores”, en otras palabras, la autoridad les pertenece a los que les deben y no a los que deben, y esto es cierto para  la autoridad moral también.

Muchos padres con el corazón quebrantado que  habían perdido toda su  autoridad moral mientras observaban como sus hijos tomaban decisiones   destructivas sin que ellos  pudieran hacer nada al respecto. Su deuda les había hecho perder la posibilidad de ejercer la influencia que  todo padre necesita en los momentos críticos de la vida de sus hijos.

Y, como resultado de la deuda impaga de la  culpa, se tomaron mas decisiones destructivas y más vidas  se vieron afectadas.

Pero, peor aún, esa clase de confesión puede realmente alimentar las conductas destructivas en vez de controlarlas conduciendo a más cantidad de secretos y una culpabilidad aun mayor.

Pero permitime que te lo explique.

Uno de los pasajes bíblicos que siempre me impacto es: “Pero si reconocemos ante Dios que hemos pecado, podemos confiar siempre en que él, que es justo, nos perdonará y nos limpiará de toda maldad”.

Esto es fantástico. Vamos a suponer que vos cometes un error, lo aceptas que lo cometiste, Dios te perdona y vos seguís adelante. Has descubierto un mecanismo, ya que este pasaje se convierte para vos en una vía de escape, o sea tratas de acordarte de todos los pecados que has cometido ese día. A veces, la lista es breve;  por lo general, no.  De una forma o de otra sos extremadamente cuidadosa o cuidadoso en confesar cada cosa que hiciste mal, pensado  mal y dicho mal. Al final, te ibas a dormir tranquila,  sabiendo que tu archivo de pecados esta vacio, por ese día , ya que al otro volverías a llenar.

Ahora bien, vos te has confesado. Hiciste lo que el versículo dice, pero vos comenzaste a darte cuenta de que esto está mal, pero si lo hago, siempre puedo confesarlo y Dios me va a perdonar y todo estará bien. Quiere decir que tu hábito de confesión estaba respaldando a tu hábito de pecar. O sea que tenes todo un  sistema en funcionamiento.

Ante esto, estoy seguro de que Dios se retorcía las manos y caminaba de un lado a otro en tu habitación, al fin y al cabo, vos habías encontrado una escapatoria.

Por lo general, las personas culpables son infractores reincidentes y mientras estemos ocultando un secreto,  mientras estemos tratando de aliviar nuestra conciencia diciéndole a Dios cuánto lo lamentamos, caemos en la  trampa de repetir el pasado. Sin embargo, la confesión,  la forma en que Dios estableció que se aplicara, rompe el  ciclo del pecado y la culpa.

Pero ese es solo el comienzo.