Como enfrentar la ira

Escrito por el 7 noviembre, 2018

Cuando desatamos la ira con intensidad descontrolada, deja una estela de destrucción a su paso, pero detrás de todo ese despotricar y delirar, tramar y agitarse, está la más básica de las experiencias humanas: no estamos consiguiendo lo que queremos.

Como hemos visto, la persona enojada encara la vida, el amor y las relaciones buscando que la compensen, ya que la ira dice: “Vos me debes” y a menudo no discrimina a quién le obligara a pagar.

Teniendo esto en cuenta, no tendría que sorprendernos descubrir que el remedio para la ira, es el perdón, y mientras que la gente que siente culpa necesita adoptar la costumbre de confesarse, la gente enojada tiene que desarrollar el hábito de perdonar.

Pero esto no es tan fácil como suena, ¿verdad?  Tal vez hayan tratado de perdonar y nada realmente cambio, reina mucha confusión sobre el verdadero significado de perdonar, es tan así que muchos de nosotros nos sentimos detenidos.

Y cada vez que hablamos sobre el tema del perdón, siempre parece haber tres clases de personas que piensan diferente: el primer grupo cree que ellos tendrían que  perdonar, pero no logran reunir el coraje de hacerlo; el  segundo grupo cree que ellos tendrían que liberar a la persona que los ha dañado y eso no les parece lo correcto; y el  tercer grupo afirma que ellos han seguido todo el procedimiento para perdonar, pero que los antiguos sentimientos  y recuerdos siguen estando allí, lo cual les hace pensar que tal vez no hayan verdaderamente perdonado.

Ahora bien, entonces… ¿Cómo perdonamos a alguien? ¿Cómo sabemos si lo hemos hecho? ¿Qué ocurre si la otra persona insiste? ¿Qué ocurre si ni siquiera podemos ponernos en contacto con la persona que nos ha agraviado? ¿Qué ocurre si ni siquiera podemos soportar la idea de ponernos en contacto con ella?

Y tal vez esto sea un pedido poco realista, a pesar que Jesús nos ha dado   el máximo ejemplo de amor reparador y perdón, la pregunta de qué hacer con nuestra ira continua siendo un problema para sus seguidores y nos hace un pedido: “Desechen todo lo que sea amargura, enojo, ira, gritería, calumnia y todo tipo de maldad”.

Se nos ordena que “abandonemos” toda ira. Esto no tiene ningún sentido de realidad, ¿No te parece? ¿Cómo nos deshacemos de una emoción?  Este pasaje nos está diciendo que desechemos lo que significa que “eliminemos o nos separemos de”.

¿Vos has pasado alguna vez sin querer por una tela de araña?

Vos vas caminando tranquilo, tarareando alguna canción pegadiza, cuando entras directamente en bronca a las arañas. ¿Qué haces? Yo te digo lo que hago yo, con furia empiezo a tirar de todo lo que siento que remotamente podría ser una tela de araña; ¡Fuera de mi cara! ¡Fuera de mi pelo!  ¡Fuera de mi ropa! Esa es la idea encerrada en “desechar”.  Deséchenlo todo y háganlo rápido.

Ahora bien, ¿Vos has notado la palabra “todo” en este mismo pasaje? Simplemente aquí, Pablo enumera todos los males de relación que recuerda: amargura, enojo, ira, gritería, calumnias y, en caso de haberse olvidado de alguno, agrega “y todo tipo de maldad”.

La maldad es la adversidad general hacia otra persona, y vemos que aquí cubre todos los ángulos: cualquier emoción negativa que alberguemos, sin que importe contra quién, desechémosla.

Tal vez vos a esto responderías que esto te suena como algo increíblemente insensible de parte de un hombre que vivió hace dos mil años y que no tiene idea de lo que está sucediendo en mi vida. Si yo, un completo extraño, me acercara a vos y te exigiera que deseches toda amargura contra tu ex marido o ex esposa o quien sea que los esté volviendo loco, ¿qué pensarías?

Puedo imaginarlo, pero probablemente no lo podría reproducir aquí, ya que la versión apta para menores sería algo así como: “¡Métase en sus propios asuntos! “Además, usted no escucho mi parte del relato.” 

Si escuchara tu historia el tiempo suficiente, probablemente descubriría que vos tenes un caso bastante convincente que explica por qué tenes todo el derecho del mundo de estar enojado y seguir enojado. Cuando termines de contarme tu historia, probablemente me sentiré tentado a unirme con vos en tu campaña para vengarte del que te hizo lo que te hizo. Vos no mereces ser tratado de esa manera, y la otra persona no se merece salir impune.

Ahora bien, consideremos la fuente antes de descartar a Pablo que no tenía idea alguna de lo que estaba sucediendo en la vida real, tendríamos que considerar  que él no escribió estas palabras mientras estaba acostado  en una hamaca con una notebook en las playas de blancas  arenas de Hawái, Pablo dijo estas palabras desde su celda en una prisión romana, cuando fueron escritas estas  palabras, este había sido injustamente arrestado y extraditado a Roma, y había estado más de un año a la espera  de un juicio, para empeorar más las cosas, el clima  político en Roma no les era favorable a los seguidores de Jesús.

El populacho, así como el liderazgo, contemplaba esta nueva “secta” con sospecha, a pesar de las circunstancias poco propicias, Pablo instruye a los creyentes a desechar de ellos todo el vestigio de ira y amargura.  ¿Pero es esto siquiera posible? Pablo piensa que sí. No limita sus palabras. No le da a nadie una vía de escape, ni tampoco señala las situaciones extremas como excepciones. ¿Y qué si tiene razón? ¿Qué ocurre si existe una manera de deshacernos de toda ira y amargura?

Ya hemos hablado de las consecuencias de ir por la vida con un corazón lleno de ira, además, si luchamos con algunos de los ejemplos de la lista de Pablo: amargura, enojo, ira, gritería, calumnias, y todo tipo de maldad, no necesitas decirme lo complicada que puede llegar a ser la vida, aun así, no suena realista. Al fin y al cabo, nuestra ira es simplemente la respuesta a la gente y acontecimientos que nos rodean. Solo estamos reaccionando. ¿No es así?

No es culpa nuestra que nuestro jefe sea un incompetente, pero no solo que no es culpa nuestra, sino que no hay nada que podamos hacer al respecto. Así es que todas las tardes volvemos a casa furiosos.

Y no es culpa tuya que a tu cónyuge le agrade más estar con sus compañeros de trabajo que con su familia. Y tampoco hay nada que vos puedas hacer al respecto. ¿Cómo podes acaso deshacerte de tu ira cuando esa ira es solo la respuesta justificada a las cosas que vos no podés controlar? La conclusión es que vos sos una víctima.

El dolor, el rechazo, las críticas, las cosas que no marchan como deseamos, todas estas cosas nos hacen sentir como víctimas. Con razón atacamos. Con razón nos salimos de nuestras casillas.

Entonces…, ¿Quién nos puede culpar?

Las víctimas son impotentes. Las víctimas no tienen ningún control sobre su vida. Las victimas están a merced de los demás. Las victimas solo reaccionan. Las víctimas son prisioneras de las circunstancias que están más allá de su control.

Esas son las personas que nos han ofendido, dañado, avergonzado, abandonado o rechazado, y esas son las personas que están en deuda con nosotros, la gente contra la que tenemos un caso legítimo.

Y las palabras de Jesús no podrían ser más claras. “Cancelen su deuda. Perdónenlos, si no…

¡Qué cosa espantosa para decirle a alguien del que se han aprovechado! Tal vez estés pensando: ¡Espera un minuto!  Ya me han lastimado una vez. Yo soy la víctima. ¿Y ahora me decís que, si no le otorgo a esa persona mi perdón, que no se lo merece, Dios vendrá tras de mí también? ¿Qué es eso?

Ahora bien, seamos honestos, cuando Jesús dice: “Lo mismo hará mi Padre que está en el cielo con cada uno de ustedes,”, no sé con absoluta certeza a qué se refiere, pero obviamente no es bueno. Claramente, esta severa advertencia era para los que se negaban a perdonar. Pedro tenía su respuesta: Perdona cada vez. Si no lo haces, la pagaras caro, tal vez, Pedro vio la ironía tal vez, no.

Permitime que te resuma lo dicho: Si esperamos que nos paguen por los daños que nos han ocasionado, nosotros somos los que pagaremos. Si, por otra parte, cancelamos las deudas que nos deben, seremos puestos en libertad y nuestra reacción negativa a esta parábola demuestra nuestra ingenuidad.

Desde nuestra perspectiva, tenemos todo el derecho de aguantar hasta que nos paguen lo que nos deben. Desde la perspectiva de Dios, es posiblemente la cosa más destructiva que podemos hacer.

Tal vez no haya una prisión literalmente hablando, para los que guardan resentimiento en su corazón, pero ciertamente nos metemos en una especie de prisión cuando nos aferramos a las deudas que nos deben los demás.

Y quizás eso sea lo que tenía en mente Jesús cuando dio esa severa advertencia: Si nosotros exigimos que nos paguen, nosotros pagaremos. Su advertencia es severa porque las consecuencias de ignorarla son severas, la ira no resuelta tiene consecuencias por muchas generaciones.  Si tu experiencia con la ira es parecida a la mía entonces sabes que la advertencia de Jesús no era exagerada y es exactamente lo que tendríamos que esperar de un salvador que vino a la tierra para rescatarnos de nuestros pecados.

Nuestro dolor no es un trofeo del que jactarse, no es una historia para relatar, es potencialmente un veneno para el alma. El negarnos a perdonar es escoger autodestruirnos.

 

 

Permítame invitarlo a escuchar este tema este mes de noviembre en SOS…respuesta, lunes y miércoles 13 hs., está más extendido ya que este fue un breve relato del tema ahí se va a encontrar con ejemplos como, una parábola de un rey que quiso ajustar cuentas, con la pregunta de Pedro a Jesús.

Es muy interesante no se lo pierda.


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