Este problema del corazón no es diferente a los demás, los celos dicen: “Dios me debe a mí.”, cuando pensamos en los celos o la envidia, inmediatamente pensamos en todas aquellas cosas que no tenemos: belleza, talento, oportunidades, salud, altura, una buena  herencia, etc.

Ahora bien…, lo que suponemos qué nuestro problema es con la  persona qué tiene lo que nos falta a nosotros.

Pero seamos  honestos, Dios podría haber arreglado todo eso, lo que les dio a nuestros semejantes, nos lo podría haber dado a  nosotros también. Y además, no deseamos realmente el  automóvil de nuestro vecino; sólo queremos uno como ese, Ya que no nos importa el hecho de que Dios le haya dado un  automóvil. El problema es que, cuando estaba repartiendo automóviles, ¡Dios nos paso por alto!

El hecho de que tú hermana o tu amiga pueda usar cómodamente  un par de vaqueros de talle pequeño te parece bien, el problema es que vos no podes o no deberías hacerlo. Cuando ella no te está mirando, vos la miras y pensas, “Vaya que bien le queda”, eso es horrible.

Sabes que no te tendrías que sentirte así y no tratar  de  impedir que eso se convierta en un estorbo para la relación y es posible que hasta le digas qué bien te quedan esos vaqueros. Pero el asunto está siempre allí presente, vos no podes dejar de lado el hecho de que ella tiene algo que vos no tenes o que vos tengas algo que ella no tiene.

La cosa es que sientas una injusticia qua Dios podría  haber remediado, admitámoslo, la mayoría de nosotros creemos en cierta forma que si Dios nos hubiera cuidado como ha cuidado a algunas personas que conocemos, nuestra vida sería  mucho más rica.

Ya que si no nos hubiera hecho tan anchos, podríamos sentirnos mejor en traje de baño, si no hubiera permitido que la calvicie nos atacara desde tan jóvenes, nuestra baja autoestima no sería un lastre.

Ahora bien, pensa que si como adolescentes hubiéramos  sido tan guapos como algunos de nuestros compañeros de clase, se habrían multiplicado las oportunidades de poder  salir con alguna chica los sábados por la noche. Si hubiéramos sido bendecidos con grandes habilidades atléticas,  podríamos haber sobresalido como deportistas en el colegio secundario o quizás en la universidad también y eso  habría seguramente cambiado el rumbo de nuestra vida.

Y si Dios nos hubiera hecho inteligentes, podríamos haber tenido mejoras resultados en los exámenes de la secundaria, del ingreso a la facultad, y si nos hubiera dotado de una  mejor capacidad para comunicarnos, podríamos haber ya  ascendido a un puesto alto en nuestro trabajo. Y no te digo nada si fuéramos muy buenos oradores públicos más dinámicos, tal vez habríamos tenido la oportunidad de liderar una iglesia.

¿En qué estaba pensando Dios?  ¿Quién tiene realmente la culpa?

Si creemos en un Dios grande, nuestros celos son realmente un asunto entre nosotros y Dios, lo que Dios hizo  por uno lo podría haber hecho por nosotros también, pero por alguna razón, no lo hizo.

Nuestro problema no es con la persona qua tiene lo que nosotros no tenemos: nuestro problema es con Dios. El está en deuda con nosotros.

Sin embargo, nuestros celos rara vez asoman en nuestra interacción con Dios, si tomamos conciencia de ellos, los podemos confesar como un pecado, pero incluso entonces pensamos qua nuestros celos son un tema entre amigos, compañeros de trabajo o vecinos. No los registramos como rencor a Dios. Pero eso es exactamente  lo que son.  En cambio, aparecen en nuestra relación con los demás, la ironía por supuesto, es que las personas de las que estamos celosos no pueden hacer nada para remediar la situación.

Entonces, ¿Quién tiene el poder de corregir la maldad entre nosotros y aquellos que tienen lo que deseamos?  ¿Acaso puede nuestro hermano campeón hacer que seamos mejores atletas? ¿Puede acaso nuestra mejor amiga ignorar que seamos más delgados?  ¿Nos ayudaría realmente que nuestro vecino nos comprara un automóvil como el suyo? No lo creo.

En realidad, eso agravaría más las cosas, el placer con culpa.

Sin embargo, la idea de que Dios nos debe algo probablemente te suene como me sonó a mí la primera vez: absurda.  Como podría Dios deberme algo a mí, como persona que cree en El siempre pensé que yo le debía algo a él.

Y quizás esa es la razón  por la cual nuestros celos se centran en las  personas o cosas  equivocadas. Y tal vez esa sea la razón por la que parecen  imposibles de conquistar, mientras, vos, yo nos engañemos pensando que nuestro problema es con mi amigo de plata o con mi amiga delgada nunca llegaremos a la raíz del problema, la tensión jamás se habrá de resolver. Bueno…, casi nunca.

Y volviendo a Santiago tiene una cosa más que decir sobre el tema: “Todo lo bueno y perfecto que se nos da, viene de arriba, de Dios, que creó los astros del cielo. Dios es siempre el mismo: en él no hay variaciones ni oscurecimientos”.

Toda buena cosa que recibimos viene de nuestro Dios, lo cual es una razón más para llevarle nuestras necesidades insatisfechas, nuestros deseos más profundos e incluso nuestras ansias y aspiraciones más difíciles. Al fin de cuentas, no siempre podemos obtener lo que queremos   Nadie puede. No es posible. Nuestros apetitos  nunca pueden ser totalmente satisfechos para siempre.

Entonces…, la pregunta es: ¿Seguiremos intentado de todas maneras  satisfacer nuestros deseos exprimiéndolos de los que nos  rodean? O los llevaremos y dejaremos con nuestro Padre  en el cielo?

Esas son nuestras únicas opciones. Una lleva a la paz, la otra a una eterna frustración. Chau hasta la próxima.

(PROGRAMA 17 DE JULIO DE 2015)